Christian Diez De Ugarte
Estudiante de Diseño Industrial
Hay algo que siempre me ha parecido extraño: la facilidad con la que podemos sentirnos parte de un grupo de personas que no conocemos.
La mayor parte del tiempo convivimos con personas que elegimos: nuestros amigos, nuestra familia, nuestros compañeros de clase. Incluso cuando compartimos un espacio con desconocidos, como en el transporte público o en una fila, solemos mantener cierta distancia. Evitamos cruzar miradas, hablar demasiado o invadir el espacio del otro. Pareciera que, por naturaleza, preferimos mantenernos dentro de nuestro propio círculo.
Sin embargo, existen momentos en los que esa regla desaparece por completo.
Hace algunos meses asistí al concierto de Bad Bunny en la Ciudad de México. Mientras esperaba a que comenzara, me puse a observar a las personas que estaban a mi alrededor. Había adolescentes, adultos, familias completas, grupos de amigos y parejas. Muchos probablemente nunca se habían visto antes y, muy seguramente, nunca volverían a encontrarse. Aun así, bastó con que se apagaran las luces para que todos reaccionaran como si formaran parte del mismo grupo.
Eso me hizo pensar que quizá los conciertos nunca han sido solamente sobre música.
Después de todo, cualquiera puede escuchar las mismas canciones desde su casa. Podemos ponerlas en nuestros audífonos, subir el volumen y conocer cada una de las letras. Sin embargo, seguimos haciendo filas durante horas, comprando boletos con meses de anticipación y viajando para ver un concierto que ya sabemos cómo terminará.
¿Por qué?
Creo que parte de la respuesta está en una necesidad muy humana: la de pertenecer.
No hablo de pertenecer para encajar o para ser aceptados, sino de esa sensación de compartir algo con otras personas. Un concierto es uno de los pocos lugares donde miles de desconocidos aceptan reunirse porque todos disfrutan exactamente lo mismo. Durante unas horas, la edad, la profesión, el lugar de donde vienes o incluso las diferencias que normalmente nos separan pasan a segundo plano.
Lo interesante es que no hace falta hablar con nadie para sentir esa conexión. Basta escuchar cómo todo un estadio canta la misma canción al mismo tiempo o cómo miles de personas reaccionan exactamente igual cuando aparece el artista en el escenario. De pronto, compartir una emoción es suficiente para sentir que no estamos completamente solos.
Tal vez por eso, cuando revisé los videos que había grabado, descubrí que muchos estaban completamente movidos y que mis propios gritos se escuchaban más fuerte que la música. En otro momento me habría frustrado, pero esta vez me dio risa. Esos videos imperfectos demostraban que había estado más preocupada por vivir el concierto que por documentarlo.
Incluso cuando terminó la última canción, sentí algo de nostalgia. La verdad, hasta me sorprendió sentirme así, porque no es como que Bad Bunny tenga precisamente canciones para ponerse a llorar. Creo que el sentimiento no tenía que ver con él, sino con el final de una experiencia que, durante unas horas, logró reunir a miles de personas alrededor de una misma emoción.
Tal vez esa sea la verdadera razón por la que los conciertos permanecen tanto tiempo en nuestra memoria. No porque nos acerquen al artista, sino porque nos acercan entre nosotros. Porque, aunque sea por una noche, nos recuerdan que compartir una experiencia puede ser suficiente para sentir que pertenecemos a algo.

